*La familia*
Acabo de recoger del suelo una hoja de papel marrón de doble folio, es el mantel que ponen en el bar de la Caja Rural para almorzar, está doblada, dos veces, la había tirado Meleta una de mis gatas desde la mesa, donde era un papel más de los que manejo a veces, al suelo y ahora la he visto y para que no se pierda, la pongo en donde estaba y sin abrirla para mirarla, recuerdo lo que lleva escrito y que costó más de dos horas de componer, es la relación de una parte de mi familia, es la rama de un hermano de mi abuela materna con sus hijos, sus matrimonios y su descendencia, me la dictó un primo segundo que conocía todos los datos.
He parado de escribir para ir a mirar la hoja y, al abrirla, veo que está en blanco, porque he equivocado el hallazgo; esta no es la hoja, sé que la tengo, pero ahora no voy a buscarla; ya aparecerá. Me paro a pensar y veo que, aunque yo le sume a un árbol geológico que tengo con 258 familiares directos míos y llegue a 290 en mi lista, solo alcanzo a tener a gente que yo no conocí, como son los tatarabuelos, que debieron nacer por 1830 o 1840, y gente que tampoco conozco, como son los hijos de primos, a sus mujeres y a sus descendientes. Pienso, sin demasiada pena, que se perderá el conocimiento familiar a no tardar, porque somos una familia que no ha dado escritores, asesinos o actores conocidos, y que además tiene la particularidad de ser incapaz al día de hoy de reunir en una comida familiar a más de diez personas juntas y bien avenidas.
La vida y las cosas buenas de la vida no se miden por los vínculos de la sangre; es la querencia lo que une, y de eso hay escasas gotas en esta familia, y creo que, como hace calor, se van secando sin remisión.
La felicidad, querido amigo, se lleva interiormente, se crea y se alimenta para que fructifique y te devuelva solo a ti el fruto que resulta de ese cuidado, y eso también comprende que lo esencial no se ve con los ojos.
*B.M.*

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