*Egipto y el Quijote*
Nada tiene por qué ser como uno quiere; la convivencia es serpentear intentando hacer lo que te es propicio y te gusta, sin alterar demasiado lo que quieren los demás.
Me cuenta esta mañana Arcadio que le ha ofrecido a su nieto como regalo un viaje, que para mí es de ensueño, a Egipto; solo le pone una condición, que también es un regalo, y Lucas aún no lo sabe. La condición es la de leerle a Arcadio Don Quijote de la Mancha… en un plazo de nueve meses, y al terminar… viaje.
Me cuenta que dice su nieto, que teniendo el libro delante de él, al ver el número de páginas, la letra pequeña y el papel de biblia, ha comenzado a mover la cabeza y a decir:
—¿Abuelo, cómo voy a leer eso si nunca he leído un libro de 200 o 300 páginas y este tiene 1413?
Arcadio le ha explicado que un partido de fútbol tiene 90 minutos, pero que se juegan de uno en uno, no los 90 a la vez…
La cara de extrañeza de Lucas se veía a la legua y su abuelo le cambió el regalo y el libro para que fuera menos pesada la carga; el regalo sería un viaje a Sevilla, que Lucas quiere conocer, y el libro “El hombre que plantaba árboles”. En ese librito, Lucas, verá la importancia de hacer las cosas sin prisa, pero sin pausa; el resultado ya llegará, y si tarda, pues a esperar y hacer las cosas con constancia.
Yo le conté a Arcadio que, teniendo una edad similar a la de su nieto Lucas, leí en un curso académico, El Quijote, en las clases de Formación del Espíritu Nacional, donde nos hacían cantar el Cara al Sol, clases que nos daba un señor que tenía como mérito singular, ser delegado local de FET y de las JONS, que ya ves tú qué alegría era aquella exaltación de valores patrios vacíos de atracción y contenido para mí, porque creo mucho más en la fantasía del Caballero de la Triste Figura que en las elucubraciones del pequeño dictador de aflautada voz del Ferrol.
¡Ya ves tú qué cosas!
*B.M.*

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