*Pureza de sangre*


 En el capítulo IV, Antoine de Saint-Exupéry le hace decir al Principito que no le gusta que su libro se lea a la ligera. Cuenta que hace ya seis años que su amigo se fue con su cordero; para él esto es trascendental. Si intento describirlo aquí es para no olvidarlo, dice, y tiene razón, porque los que escriben como yo lo hago, escribimos para no olvidar las cosas. 

 Un libro es más libre que la prensa; antes de creer lo que dice la prensa, procura saber quién le paga la tinta, pero un libro es un coste emocional y monetario del esclavo que lo escribe y de nadie más. 
 Yo me jacto delante de Ginny y de Meleta, mis gatas, de escribir libremente ahora, y de haber hecho radio libre cuando dirigí durante nueve años una emisora de radio privada; era tal el manejo de noticias de cualquier tinte que se reproducían por las ondas que nadie podría tildar de tendenciosa hacia ningún bando existente a esa pesetera entidad a mis riendas. 
Un estilo personal aderezado con el trazo de Maquiavelo y Sun Tzu, consistente en “garrotazo a derecha, garrotazo a izquierda y recaudación a igual parte”. 
Mescolanza. Variedad. Asincronismo. Descrisolización de ideales. Como el ADN de cualquier persona que se precie de ser de pura raza, y al sacar el resultado real, le sale una variedad tan impensable de sangres, que si fuera perro, no llegaría ni a la condición de chucho, tal es el combinado que han dado de sí las copulas de conquistadores y conquistadas o los escarceos de marineros libidinosos en puertos y lechos extraños y escondidísimos camastros, desde los tiempos remotos cercanos a la invención del fuego. 

 *B.M.*

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