*Nosotros unámonos, que ellos ya irán*
Después de un largo caminar, durante años, y conocer otras culturas, ciudades, tierras y gentes, volvió al lugar de la infancia. Le miraban curiosos, queriendo saber, sin preguntar, quién era él y qué hacía allí. Su fuerte era la observación y la introspección; estudió la historia del pueblo y a sus personajes. Recordó lo que oía en su casa de niño; aquel era un lugar agrícola con pozos de los que se regaban las tierras en la modalidad “riego a manta”, una forma tradicional. El agua iba por acequias y el que tenía turno regaba, y después cerraba las compuertas y hacía seguir el agua hasta los siguientes huertos. Una vez que el labrador había terminado su tarea, se iba a casa sin ocuparse de nada más. Esas formas de actuar con los años se habían instalado en el hipotético ADN de cada cual. Nadie se preocupaba por nadie; de este modo no había forma posible de conseguir logros para la comunidad; todos esperaban que las cosas se hicieran o aparecieran por arte de magia.
Un día llegó una guerra y del lugar salió un mitinero que predicaba: “Nosotros, unámonos, que ellos ya irán“. No hubo forma de hacer nada positivo.
Después de la guerra vinieron los nitratos y el agua no se podía beber, pero nadie hizo nada.
Después se incendió una parte de la biblioteca y tampoco nadie hizo nada.
Cayó una campana del campanario y tampoco se hizo nada. Cayó, abandonada, la ermita del pueblo, por culpa del obispo, y nadie del lugar hizo nada, excepto el que todos consideraban como forastero, que logró que se volviera a reconstruir.
“Nosotros, unámonos, que ellos ya irán“.
¡Madre mía, cómo está el patio!
*B.M.*

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