*Los ayudadores de los jueves*
Somos un grupúsculo que los jueves nos reunimos en la trastienda de un bar, de pocos clientes, y de allí vamos, no sé bien en qué nave o dispositivo, a lugares que yo nunca había visto. Vamos con el ánimo de ayudar, somos altruistas convencidos; siempre son cosas materiales lo que nos toca arreglar. Esta semana el “viaje“ ha sido muy atrás en el tiempo, ya que cuando he mirado el reloj al llegar, señalaba la fecha de hoy, pero del año 612 a. C. Ya no me sorprende nada. Nos ha recibido en una sala sin muebles, solo una mesa central, una señora que nos ha ofrecido aguamiel fresquita y nos ha explicado que la misión se trataba de ordenar unas 30.000 tablillas de arcilla. Poco a poco he recordado el tiempo en el que estábamos y que fue el de los babilonios y los medos cuando destruyeron en Nínive la gran biblioteca de Asurbanipal, que ardió junto al palacio, en ese incendio que debía borrar el conocimiento del momento. La física dio la sorpresa, ya que el fuego coció la arcilla y la endureció, como se endurece la cerámica ahora con aquella técnica ancestral, y se salvaron para la historia las tablillas bajo las ruinas. Ahora, 2600 años después, estamos los “ayudadores de los jueves” ordenando, clasificando y escaneando, y después empaquetando para ser mostradas en museos por todo el mundo dichas tablillas.
No hace demasiado tiempo, viajamos también un jueves; era el día 4 de octubre de 1922, aparecimos en el Valle de los Reyes, pero como estaba Howard Carter, a punto de hallar el primer escalón de bajada a la tumba de Tutankamón, nos fuimos sin tocar nada, porque así, el 4 de noviembre siguiente, Carter descubría para el mundo el tesoro inmaculado que nosotros no osamos hollar.
Como estas, tenemos muchas historias para contar; yo se las cuento a Lucas, mi nieto, mientras come vorazmente al mediodía y me paro adrede para ver si le interesa, y por no abrir la boca y perder bocado, me pega una patadita con el pie por debajo de la mesa para que siga.
He de confesar que se lo fantaseo un montón, porque si le contara la verdad, me tildaría de loco o de lo que quisiera, y con razón, casi seguro que sabe distinguir las historias verdaderas que le cuento de las que le cuelo de matute…
*B.M.*

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