*Volando*


 Una experiencia bastante amplia, abundante y aparente en viajes de ocio y de trabajo nunca impidió que la noche previa a la salida en avión fuese turbulenta y difícil para conciliar el sueño, aunque descansar el cuerpo, sí sabía cómo hacerlo por técnicas de los marines o de los deportistas de élite. Cuerpo quieto, cadencia en la respiración y el dedo, presionando el entrecejo; eso siempre me funcionó. Repaso de la lista de cosas a llevar, carga de buenas intenciones y directo a un viaje pleno y relajante. Varios planes previstos y otros planes B, por si la lluvia o la nieve. Planes estudiados con claro signo de aversión a gastar sin más. Comida sana y caminar lo que permita el tiempo y el cuerpo. 

 Las ciudades grandes requieren semanas, cuando no meses, para ser vistas, comprendidas y degustadas con el ánimo de incorporarlas a la plácida zona de los buenos recuerdos de la vida. Mi técnica es reducirlas a la mínima expresión en torno a algo práctico, musical, pictórico o arquitectónico. No se puede englobar todo París en la Torre Eiffel, o si eres de compras, en Galerías Lafayette o en la Ópera Garnier o en el Louvre, que sí se puede, no te voy a engañar, pero si haces porciones, llegas al interior de la ciudad, a la gente, al sentimiento, a tu unión con la urbe, aunque no seas de esa nacionalidad. 
 ¿Qué más dará ser de aquí o de allá? 
 Puedes vivir en tu pueblo una vida y un día coges y te vas en el Titanic y se hunde y, ya eres por la eternidad que quieras computar, ciudadano del mar, como Poseidón o Nemo o los pulpos… 
Que hay que ver lo buenos que están esos cefalópodos a la brasa con patatas y allioli. Cuando yo era pequeño, los marineros los devolvían al agua en el puerto, porque nadie los quería; ahora son caros, tanto o más que el jabugo. 

 *B.M.*

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