*Sensaciones y Esperanzas*


 En aquella casa la cuestión no era si te regalaban algo o no, por tu cumpleaños; lo importante era si te felicitaban el cumpleaños o no te felicitaban; lo del regalo era como la guinda del pastel, guinda que en mis pasteles nunca apareció ni aparece ahora.  Me ha brotado una facultad que estoy analizando con parsimonia, y es que cuando estoy en un lugar, por ejemplo, en un vagón de tren o en clase, sin proponérmelo vienen a mi cerebro, como el agua va al sumidero, montones de imágenes y de detalles que no busco deliberadamente y se meten en mis dendritas y axones y se quedan ahí en mis neuronas y después aparecen en mis ideas, sin haberlas llamado ni buscado, cuando les viene en gana y conforman unos relatos que me sorprenden a cada momento. 

Hace unos días, con la inconsciencia con la que viajamos en tren, mira lo que ha pasado en Adamuz; creyendo que vamos seguros, aterrizaron en mi cabeza todas las imágenes que daba de sí la vestimenta de una joven veinteañera, y en un ¡ya!, hice una ficha mental de su situación sociolaboral, económica, política y, créeme, no me fui ni un ápice de la realidad y es que la información que me llega va a su aire, yo no hago nada. Esto me viene de antiguo, aunque nunca me percaté ni lo utilicé. 

Ahora, a mis sesenta y quince años, traducción del francés, que es más cordial con los que somos de edades avanzadas, veo las cosas a dos tercios de la velocidad real; no quiero empacharme, porque estoy viendo cómo gentes cercanas a mis años se van yendo sin decir adiós y yo, que no me entero, de vez en cuando voy al cementerio del pueblo y en media hora mato a todos los que ya se murieron y yo los tenía en modo Schrödinger, viviendo tan panchamente. 


 *B.M.*

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