*Pascual, el rico*


 Dejar el tabaco y las bebidas, quien hiciera eso, y comer menos, y prácticamente no cenar nada es el mandamiento nuevo que os doy; os lo digo así porque ya me he dado cuenta de que los de sesenta más diez solo hacéis caso, inconscientemente, eso sí, a los sermones eclesiásticos y a Trump con sus culadas absurdas, que ya las pagará y a no tardar. Deseándoos los muchos años que os toque vivir, pero todo lo bien que podáis, y que sepáis que la felicidad es un momento dentro de un momento, encapsulado en un instante, y que debéis manejaros con presteza para estar tan inconscientemente instalados en vuestro rincón de descansar que os parezca que sois felices, pero os advierto que no os miréis al espejo, porque no veréis al joven atractivo de antaño, que creía que aquella mujer sentada delante en el asiento del tren, yendo hacia Valencia, os estaba guiñando el ojito, era un tic, y cuando se levantó la seguiste hasta el toilet, y creyendo que te invitaba a entrar y esperaste y oíste el clamor de sus tripas, porque la señorita había ido a realizar sus necesidades más primarias. 

 La vida es un desencanto o un encanto, depende de por dónde cortes la narración; si no te hubieras levantado en el tren a seguir a aquella guapísima sílfide, creerías que eras un Alain Delon y que la dejaste pasar de largo. 
 
Y aquí me tienes a mí en mi mesa del bar aguantando el sermón que me ha dado Pascual, que no sé si creerle o no, porque es la tercera vez que me cuenta todo, desde “Dejar el tabaco…” hasta lo de Alain Delon. No se lo recrimino y le escucho porque, además de quererle como amigo, tiene el don de la invitación; es su desgracia, es rico de cuna y tiene el dinero por castigo; siempre paga él todo. Además, cualquier día me pondré yo a repetir cosas, si no lo estoy haciendo ya. Así que… Hasta la próxima… 

 *B.M.*

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