*Los tejados de París*


 El que escribía el cuaderno de bitácora, el capitán o en quien este delegase, tenía todo el día para hacer su reporte, porque el barco iba haciendo la travesía a un ritmo amigo cuando no había tormenta o no atacaban los piratas, cosa que solía ocurrir cíclicamente en aquellos tiempos, aunque creo recordar que en el barco de los piratas también tenían cuaderno de bitácora, para anotar los abordajes y los tesoros conquistados. 

El cuaderno es en sí mismo un diario exhaustivo de acontecimientos marítimos con detalle de sucedidos, pero lo es también de la vida íntima de los navegantes. 

Yo me tracé ayer una expectativa de visitas y planes de ocio, pero no pensé en algo elemental que me ha arrollado, como arrolla el cochino al matarife cuando le ve esgrimir el asesinador cuchillo, afilado hasta la saciedad, que brilla buscando cuello de gorrino, y es que no conté con las distancias y los tiempos para recorrerlas, en una ciudad metrópoli de catorce millones de habitantes. 

Como no tengo ganas ni necesidad de amargarme las vacaciones, voy a pausar los tiempos, bajar la cantidad de sitios a visitar y ralentizar mi ímpetu escudriñador. Voy a mirar lo que me interese y dejar difuminado lo que no me convenga. 

Desde el lugar donde resido, Saint Germain en Laye, que es una colina al oeste de París, donde reside la gente más pudiente, se ve a 23 km la Tour Eiffel y el resto más céntrico. 

Tiendas y más tiendas, marcas y más marcas, precios desorbitados. Yo me he centrado, porque no soy comprador nato, en observar los tejados, tejados de calidad, tejados con buhardillas y gatos, bastantes gatos, que van recorriendo los aleros e intentando entrar en la casa por la buhardilla o el tragaluz. Y me he reconfortado recordando que a los gatos, como a mí, no les interesan las tiendas; se conforman con su comida, su agua y un lugar donde dormir sus dieciocho horas diarias al calor de la lumbre, si es posible, soñando con Estambul, conocida por La ciudad de los gatos, por el respeto y la conexión que hay allí con los humanos. 

Ahora veo que mi casa es también una pequeña Constantinopla. 


 *B.M.*

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