*La palabra*
La estaba buscando; no sabía de ella ni una letra aún, pero con decisión iba escrutando, con calma, cada rincón de su cerebro. Lo que buscaba era una palabra que reuniera en un sonido la independencia de sus creencias, de sus tradiciones o de su origen, la convivencia armoniosa y teniendo como valores el respeto a los demás y la tolerancia.
Buscaba que el sonido de su pronunciación abriera un horizonte de recuerdos y apareciera un edén magnífico con escenas de una vida plena, sin tacha, sin arrepentimientos, y que ese conjunto fuera el dibujo de una vida memorable.
Había tenido alguna epifanía, pero la revelación que contenía aún estaba en mantillas, debía madurar. Podría ser cuestión de días o semanas; era imprevisible. No era suficiente que el oír el nombre del personaje, entrañable persona en su globalidad, diera paso a una sonrisa de buenos recuerdos. Había de ser una marca, una identidad. Sabía con certeza que en el número Googol de letras estaba esa palabra y otras de igual expresividad, pero había que hallarla y esperar, o esperar a que apareciera como una secuencia sonora, como se supone, llegarían las notas a la cabeza de Mozart cuando el Lacrimosa de su Réquiem.
La sonrisa y la complacencia en el recuerdo y ya las tengo; me falta la palabra.
*B.M.*

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