*El poder de un Bic*
Tengo el BIC en mi mano y voy escribiendo y sé que de un momento a otro va a agotar su vida; no le queda tinta, se ve a simple vista, y tengo otro al lado para que no me urja y ni me enerve la situación de necesidad y de temer por su fin.
Mis Bics dan hasta la última gota de tinta, siempre; me identifico más con un Bic que con un PC o un lápiz. Al PC le falta alma, a mi manera de ver las cosas, y el lápiz tiene más apariencia de tener que hacer un dibujo que puede ser sublime que de escribir algo serio y hermoso.
Si un día descubren algún potingue que se pueda mezclar con el plástico y lo haga comestible, lo añadiré a todos los Bics que tengo vacíos y me los comeré. Haré una crêpe suzette con ellos, con mantequilla y zumo de naranja y Grand Marnier… porque no merecen ser tirados a cualquier papelera, me los comeré en agradecimiento a su paciencia conmigo, día tras día y línea tras línea, porque el recipiente que contuvo la tinta es como un pequeño ataúd de cristal, que recuerda lo efímera que es la vida, y, aunque ese recipiente conteniendo tinta en un momento hipotético haya estado en la hipotéticas también, manos, con la salvedad de la inexactitud del tiempo, de Quevedo, Cervantes, Cela, Saramago, Ausiàs March o del copista cura de la parroquia de la Virgen del Espino, patrona del Burgo de Osma, al que su hermana le dictaba los sermones que hacían en Panamá donde ella residía, seis horas antes de decir su misa aquí, por ser esa la diferencia horaria, también usaba Bics sisados de la parroquia.
Poderoso caballero es don Bic en el mundo entero.
Esto me parece que es una morcilla, como las que se nos colaban en el teatro de barrio que hacíamos de jóvenes, y es que don Pascual, el director, era un tunante de tomo y lomo, con una visión teatral de largo alcance, y aunque el hombre se esforzaba queriendo esconderlo, era ciego de nacimiento.
*B.M.*

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