*Sábado de inspección* VI


 Cristina y Casimiro son primos hermanos y sobrinos de uno de los canónigos, el primero en morir; si aquel hombre hubiera sido capaz de hablar, ahora podría estar solucionado el caso, pero no fue así, no tuvo tiempo. Los dos primos se quieren y se reconfortan; él tiene a Cristina como una protectora y, a la vez, de vez en cuando, de amante; conocen cada cual sus secretos y se ayudan. Casimiro odia al clero, pero vive de él y está cerca para intentar redimirse algún día y borrar los recuerdos de su niñez en un pueblo de Castellón, en el colegio. Ocurrió que, teniendo no más de once años, en el colegio que estaba saturado de religiosidad y de prácticas obligatorias, como belenes en Navidad, mes de María en mayo, misas y rosarios cada semana, confesión, comunión, cánticos y plegarias. Llegó el tiempo del Domund y mosén José, el cura director, repartió los sobres para que “obligatoriamente” cada cual lo diera a sus padres con el encargo de dar las limosnas para las misiones. A Casimiro se le olvidó y, cuando ya todos los alumnos de su clase lo entregaron, él lo llevó el último, y el sábado después de la misa de obligada asistencia también entró en la sacristía, donde el cura se despojaba de la ropa ceremonial. 

—Mosén José, vengo a entregarle el sobre que se me había olvidado. 
--Ay Casimiro, siempre tan travieso, guárdalo y me lo das después en el despacho. En media hora me lo llevas al despacho; allí te espero. 
—No, mosén, tómelo, que me espera mi madre. 
—No te preocupes, tu madre, si es por mi causa, no te dirá nada. Y el niño no tuvo más remedio que esperar media hora para ir al despacho. Casimiro se había comprado un paquete de tabaco mentolado, porque los amigos se reunían en el jardín del pueblo y ya fumaban, y se lo escondió en los calzoncillos porque en el bolsillo se notaba mucho y temía que el cura lo descubriera; entró en el despacho.
 --Casimiro, vaya despiste que te traes, pero muy bien por traerlo. 
—¿Hace mucho que no te confiesas? 
--No me hace falta, don José. 
 --Siempre hay algún pecadillo por ahí que no te atreves a confesarte… ¿Has cometido actos impuros? Ven, siéntate aquí, el cura le hizo sentarse en sus rodillas. Casimiro no sabía qué hacer y no tuvo más remedio que sentarse. El cura abrazó al niño y le besó en una mejilla al tiempo que le metió mano en la entrepierna, y encontró el paquete que no esperaba, el tabaco. Como un resorte se levantó
 --¿Qué es esto? 
Gritos, empujones y amenazas todo mezclado. 
 --No se te ocurra fumar nunca más y no comentes con nadie lo que ha ocurrido aquí. Casimiro salió de allí corriendo, odiando al cura y jurando que le haría pagar cara la afrenta recibida con las miras de un niño de once años. Casimiro calló. Solo con tiempo se lo contó a Cristina,. En el colegio del cura mosén José se sucedieron los abusos del pederasta, hasta que el padre de un alumno se enteró y casi le mata . El colegio cerró y el cura fue a la cárcel por motivos económicos, no si bien antes haber sido trasladado a un pueblo de Teruel y ignoto para calmar los ánimos, práctica habitual en la Iglesia Católica de los años 70. Ese trauma lo llevaba Casimiro en el alma y solo Cristina sabía con sus cuidados amorosos, calmarle, eran amores fogosos, que de ellos nació la hija menor de ella. Nunca lo dijeron nadie. Esto tampoco se lo dieron a conocer a Irma naturalmente, aunque ella ya se barruntaba algo porque tenía un sexto sentido para estas cosas. Era sábado por la tarde y a las cinco llegó Blai con una bolsa mochila con sus instrumentos, fueron rápidamente al pasadizo. Irma y él llevaban luces potentes, estetoscopio y tres martillitos para medir por el sonido el grosor de las paredes. Había que inspeccionar no menos de 75 m2, porque el dibujo encontrado no señalaba el lugar donde podía estar la puerta de acceso. Las paredes eran gruesas, de piedra de cantera y estaba todo lucido con materia de arcilla y arena de río y pintado en colores ocres, pintura de al menos 300 años en su primera capa, como había cinco capas, suponía otros 250 años, nos estaban remitiendo a 750 años atrás, época final de la construcción de la catedral. Blai fotografío con láser todas las paredes, eliminó distancias que no eran apropiadas para estar cerca de otros puertas, y comenzó a golpear con los martillos mientras auscultaba con el estetoscopio y marcaba con tinta de limón y fósforo los lugares por los que trabajaba. Irma ayudaba y entre los dos al cabo de cinco horas encontraron sonidos que indicaban que otro tipo de material estaba presente allí. Acabado el trabajo y marcharon a casa de Irma para volver al domingo a trabajar otra vez porque la capilla está clausurada. Irma se acostó y Blai estaba leyendo “La santa compaña“ de Lorenzo Acebedo, novela histórica y de intriga, con un paralelismo al de las muertes de la capilla del Santo cáliz. En la novela del siglo XIII, Gonzalo de Berceo viaja a Compostela, allí ha habido varios muertos en el cabildo. El arzobispo que fue compañero de estudios del poeta le encarga investigar, está muy interesante, al igual que otra obra, La tabernera de Silos y otra, El bosque animado. Blai relee todas para documentarse bien. 
Ahora a descansar que mañana hay que madrugar…

 *B.M.*

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