*Jaime y el amor*
En el día de mayor tráfico de personas del año en cualquier medio de locomoción, coches, trenes, barcos y aviones, porque era la salida del fin de semana de cara a las fiestas, un largo fin de semana que enlazaba con el fin de año, y en algunos casos hasta con los Reyes. Jaime salió de casa con su mejor ropa, recién duchado, ropa nueva, perfumado y dispuesto a ir a donde se sintiera bien. Llevaba la cartera, la visa, los carnets, dinero y en el bolsillo el teléfono móvil y las llaves; no cogió el coche, salió a pie. Sabía dónde vivía ella, pero no se atrevió a acercarse para que no le vieran; no podía perturbar el sosiego que ella le había dicho que tenía en el mejor momento de su vida. Hay veces en que algo que es importante para uno y difícil de conseguir es fácil para la otra persona. Jaime había contemplado todos los amores literarios conocidos: Romeo y Julieta, Ana Karenina, Catherine y Heathcliff, París y Elena, Cupido y Psique, Orfeo y Eurídice, y Penélope y Ulises intentando hallar la clave para el suyo. Y no supo encontrarlo y quedó en tierra de nadie. No había amor posible ya para él. La quería de tal modo que renunciaba a ella con tal de que ella fuera feliz.
Jaime se sentó en el café de la estación, viendo pasar a la gente, pidió un té verde y una ginebra y miraba plácidamente a los árboles del parque cuando ya había anochecido; delante de él se paró una silueta conocida.
Se levantó y ella se acercó y le dio el abrazo más largo y cálido que había recibido en su vida…
¿Todo era posible aún?
*B.M.*

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