*El coleccionista de tiempo*
En Túnez, en la Medina, al fondo, casi ya en la mezquita, en la calle estrecha que hay allí, la más larga, a la parte de la izquierda hay una tiendecita regentada por un anciano de edad indeterminada y de apariencia saludable, excepción hecha de la dentadura que desapareció buscando comida, supongo, porque el señor no pesará más allá de 48 kilos.
Esa tienda en la que vende quincallería, relojes viejos, pulseras de plata, abalorios de hueso, rosarios, de los que utilizan ellos, los del islam, para rezar y algunas piedras semipreciosas, lo tiene todo en un formato de arreglo desarreglado. Y él creo que sabe dónde están las cosas, pero si le pides algo, como pasas por delante de tantas cosas diferentes, se te olvida lo que le pediste y te centras en lo que acabas de ver; entre sus posesiones, circundando todo el conjunto, hay polvo que tuvo que venir del desierto en el último Simún recordado.
He ido cuatro veces, le he comprado dos o tres cosas a precio más que razonable, pero al cabo me di cuenta de que no vende cosas, este hombre sabio, con mirada caprina de ojos negros del desierto profundo, y que parece que solo vive de té con menta y algún dátil, sin adobar; en su tienda atesora tiempo, como lo has oído, atesora tiempo, tiene el tiempo acogido y recogido en cada rincón polvoriento de la estancia. Ahí no se puede, no se debe limpiar porque la magia desaparecería. Volví pasados tres años de la última vez y me atendía una joven preciosa con ojos más negros, si cabe, que los del señor que se llamaba Osama.
Me dijo Fátima, la muchacha, que Osama murió el verano pasado, y que ella, que es su nieta, se ocupa ahora de la tienda, que ha mejorado en el aspecto mercantil y comercial, porque está todo limpio y reluciente. Le deseo lo mejor en mi árabe chapucero, que me gusta utilizar. Le dije cosas bonitas; lo que no le dije es que Osama se había llevado con él la magia del tiempo que había atesorado para él y que yo iba a contemplar solo un rato para guardar el embrujo que ahora llevo en la cabeza con la visión de los ojos de Fátima y el recuerdo del viejo coleccionador del tiempo y del polvo del desierto.
*B.M.*

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