*Blanco perfecto*
Entró en la habitación; no había cuadros colgados en la pared, solo una inscripción con letras casi perfectas, letras que el tiempo había difuminado.
La luz de la calle iluminaba parcialmente el muro que antes fue blanco, de un blanco perfecto, por esos tonos de su admirado Sorolla.
El rótulo decía: “Hay que aprender a felicitarse, porque nadie conoce las batallas que libras en silencio”. No dijo nada, pero dos lágrimas con mezcla de alegría y tristeza combinadas en su interior más hondo, corrieron por sus mejillas y limpiaron su alma.
Era ya de noche, pero el día se instaló de nuevo en su ánimo.
*B.M.*

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