*Crimen a las 10.00*
No recuerdo haber jugado nunca con muñecas, ni haber tenido ninguna. Nosotros teníamos un Fort de vaqueros y de indios y jugábamos inventando batallas poco incruentas, porque matábamos y nos mataban, como si no hubiera un mañana… Indios, vaqueros, caballos y algún búfalo. Lo dicho, no teníamos ni mi hermano ni yo muñecas, pero mi hermana sí, y tuvo una grande, aquello era un cartón durísimo. Piernas, brazos, cabezón con pelo y algunos vestidos que se iban cambiando, lo hacía mi hermana, jugando a nuestro lado.
Nosotros a los nuestro, nuestra generación hacía eso y el tramo de potencial económico postguerracivilico, daba para comprar ese tipo de juguetes que mis padres vendían en la imprenta, papelería, librería, juguetería que teníamos justo al lado de Correos, un lugar conocido y estratégico, con servicio 24/7.
Un día, no sería domingo, porque era viernes y no pudo ser otro día, porque era el día de colada y mi madre hacía zafarrancho y nos duchaba a todos, creo que a la vez, ella duchaba y mi padre secaba, se acababa por turnos, la primera, mi hermana y se iba fuera de aquel conjuro de cuerpos de tipo sorollano, desnudos, llenos de jabón y ganas de jugar…
Acaban con mi hermana y cuando nos toca el turno a nosotros, de pronto, se oye un grito desgarrador, como desgarrador puede ser el grito de una niña de cinco años, mi padre corre, mi madre detrás, y en la habitación donde jugamos estaba mi hermana llorando como un aspersor, como solo ella sabía hacerlo, mientras sostenía en sus manitas la muñeca de cartón a la que le faltaban los ojos, que eran de aquellos que tenían dentro de la cabeza un contrapeso y se abrían y cerraban al voltear el cuerpecillo muñequeril. Tragedia total, no creo que Poirot descubriera en su vida un crimen como aquel.
Enfados y reparto de castigos más espectaculares que penosos y nosotros, con cara de circunstancias, no abriendo la boca ni para respirar, nadie culpó a nadie, pero habíamos sido todos los que tijeras en mano habíamos diseccionado oftalmológicamente a Pepa, que así le llamaban mi hermana y mi madre a aquel cartón ultrajado por nosotros.
En el fondo ese sentimiento de culpabilidad ha perdurado en el tiempo y, ahora, alguna vez por las noches siento un escalofrío cuando al darme la vuelta en la cama, amplia cama, tropiezo con una almohada que tengo estratégicamente colocada a mi lado para apoyar mi rodillas separadas por ella, y no es que me duelan, es prevención de riesgos. Al notar la almohada, le digo allá en mi silencioso interior: Pepa fue sin querer, sin querer… Y me vuelvo a dormir, esperando sueños de colores y sonidos de agua y luces tenues y músicas de las que me gustan…
Otro día te contaré lo que pasó con un pato que teníamos en el corral, porque estoy haciendo terapia auto didáctica para vaciar el cráneo de recuerdos porque he notado que está como muy lleno, no sé qué debe ser, no soy médico, que yo sepa… A ver si me funciona...
*B.M.*

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