*18 años*


 Aún no puedo probarlo científicamente, pero sé que cuando el hombre llegó aquí, el perro ya estaba, iba oliéndoles el culo a los otros perros, tan ricamente, despreocupado y feliz. El hombre traía cara de preocupación, porque no sabía exactamente a qué había venido. Lo más que pudo llegar a atisbar es que iba desnudo y, como no había Palacio, en aquel entonces, se dedicó a viajar. No trabajaba, no sabía que era eso, y como los árboles le daban los frutos en producciones abundantes, él iba haciendo marcha. No había letreros, ni carreteras, ni tan siquiera tren. 

Caminando y caminando daba vueltas en círculo, un círculo muy grande, que un perro, en actitud pensativa, dedujo que ese círculo se producía porque solo llevaba un zapato en el pie derecho y claro, esa inclinación en el cuerpo le daba tendencia a la forma circular del trayecto. Pasó por el mar, por la costa, y no había casetas, ni barcos, ni gente tomando el baño. No había nadie, solo él. Vio un pez, pero como no sabía para qué servía, no le hizo caso. Subió a las montañas y comió madroños maduros, muy maduros, madurados al alegre sol del verano, casi fermentados y dulces, que le dieron un toque alcohólico a su sangre, se puso a bailar y bailó y bailó hasta caer agotado. 
Se puso a soñar y soñó cosas que no comprendía, pues veía algo que no sabía que era. 
Un poco sí que parecía que se le había ido la cabeza. 

--Dadle doble de Tranquimazin, que está agitado, y Diazepam. Y el terapeuta que le vaya explicando que ya no es presidente y que esto es la cárcel, que ya confesó, que se lo tome con calma, que solo serán dieciocho años. 

 *B.M.* .

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