*La mesa de escribir*
Todos los escritores deberían tener un piso o una casa que diera directamente a una plaza o a una glorieta en la que hubiera una fuente, palmeras, granados y árboles coloridos y gente y niños jugando y algún tipo de recreación para que pudieran ambientar sus escritos.
No es que yo sea escritor o tal vez, pero en la parte que me corresponde, porque sí que escribo algo, me gustaría tener acceso a una vivienda de ese tipo y así poder yo sestear tranquilamente y tomar el sol cuando hiciera falta y la sombra, cuando viniera al caso.
Y hete aquí que, de pronto me imaginé en una amplia sala con un ventanal enorme, que daba a la plaza y en la sala una mesa inclinada, como la de los arquitectos, en la que yo podía escribir en grandes hojas de papel, toda la mesa llena de bolígrafos Bic, detrás de mí y al lado dos tresillos en las que estaban sentadas las musas, no sé si estaba Calíope, tuve que mirar mi diccionario de brujas y musas para saberlo, porque aquel verano que tuvimos un romance apasionado, yo bebía de unas botellas que me había dado Zeus, para que no me enrollara con Hera, su esposa y hermana.
Tiresias, el adivino más famoso de Grecia, me llamó por teléfono ayer y me dijo que no bebiera más y me devolvió la tierra, a mi pueblo, y por eso tengo esta hermosa mesa de tres por uno y medio. El muy ladino no quiso darme la lista de los números premiados del Euro millón de esta década, con lo poco que le hubiera costado.
¡Ay, madre, me estoy volviendo muy materialista y devorador de chocolate de 92 %…! Tendré que ponerme a régimen y no volver a probar el anís del Mico, al que Zeus era tan aficionado y él me lo contagió a mí…
*B.M.*

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