*Piel curtida*
Tengo delante de mí, a dos metros de distancia, una piel curtida en color madera clara, apoyada en el respaldo de un sillón y me da la sensación, siempre me lo ha dado de ser una silla de montar, la base donde te sientas, y eso me evoca mañanas, muy temprano, de preparación de Salvaje para salir por la Sierra Espadán, con almuerzo a las espaldas, sin horario. Salvaje lo sabe y está contento, y yo le acaricio como se acaricia a alguien querido.
Está en forma, potente, sin ninguna pega, piel perfecta y cara sonriente. Le quiero y lo sabe. Subimos y bajamos por cuestas y laderas que, cuando después nos apartamos de los sitios, pensamos, o al menos yo pienso que somos uno los dos, pero que no estamos acabados, esas laderas son imposibles de subir a bajar y, a pesar de eso, lo hacemos. Después arriba, le suelto, le quito todos los accesorios y por el camino de tierra se va a unos trescientos metros, relinchando y dando saltos, después vuelve por si tengo alguna zanahoria para él, que es su premio, su ración de Jabugo… Le doy agua fresca de la Font Roja y él juega con el agua y me moja. Volvemos a pertrecharnos y continuamos hasta lo más alto. Desde allí vemos el mar, está todo muy azul.
Hace una brisa que se agradece y en ese momento me viene a la memoria cuando en este mismo lugar, Salvaje vio y pisó la nieve por primera vez… Fue una locura, creo que no se nos olvidará a ninguno de los dos ese día… Éramos más jóvenes y ya nos queríamos, y ahora, pasados los años, cada uno en su lugar, aún nos queremos mucho, mucho más…
*B.M.*

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