*Instinto carnívoro*
No fue el frío lo que me trajo a Noruega, sino el derrumbe. Una caída de caballo me partió la columna como un cristal golpeado por un martillo. Los médicos españoles movían la cabeza con esa expresión de *"esto no hay quien lo arregle"*. Pero Íngrid, con su voz tranquila y sus ojos azules que aún guardaban el brillo de sus cuarenta años, me dijo: *"Nosotros lo arreglamos"*.
Ella y su dinero. Nokia, Opera, Telenor. Acciones que sonaban a canciones de éxito en los noventa. Dinero que olía a bosque y a marisco fresco.
En el quirófano, me reconstruyeron con tejido porcino. *Sus scrofa domesticus*. Los cirujanos, entusiasmados con su experimento, me abrieron y cerraron tres veces, como si yo fuera un reloj suizo al que le ajustaban las piezas. *"Es revolucionario"*, decían. *"Usted es pionero"*.
Y así fue: dejé de ser humano para convertirme en algo *mejorado*.
Ahora vivimos en su chalet frente al mar. Íngrid envejece con elegancia, como esas actrices nórdicas que nunca pierden el porte. Yo, en cambio, noto cambios.
- **El apetito**: Antes detestaba la carne. Ahora la devoro.
- **El deseo**: Íngrid está satisfecha, pero yo me descubro mirando a las cerdas del vecino con una fascinación que me avergüenza.
- **El dolor**: Los médicos me piden registros diarios. *"¿Siente punzadas al mover la cadera? ¿Nota urgencia genital en momentos de estrés?"*
Lo peor es el jamón. Cada vez que alguien lo corta en una reunión, me estremezco.
Íngrid enciende velas a sus dioses paganos, agradecida por mi recuperación. Yo, en cambio, rezo en silencio para que no se note cómo me tiemblan las manos cuando paso junto a una granja.
La ciencia avanza, sí. Pero nadie me advirtió que, al repararme con partes de cerdo, quedaría dentro de mí.
Una noche, Íngrid me encuentra en el jardín, hundiendo las manos en la tierra húmeda. *"¿Qué haces?"*, pregunta. *"Buscar trufas"*, respondo, y ambos nos reímos.
Despierto en mitad de la noche con el sabor a sangre en la boca. Íngrid ya no respira a mi lado. En el espejo, mis ojos brillan como los de un animal acorralado. Fuera, bajo la luna, los gruñidos me llaman.
Este texto no es una novela. Es parte del informe médico número 67 que los doctores del Presbyterian Hospital leen en voz alta.
Yo seguiré escribiendo junto al mar, con un plato de bellotas al lado, hasta que la policía venga a buscarme.
*B.M.*

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