*Contenedores y fragancias*


Estambul es para todos una ciudad especial, aunque no la hayamos visitado nunca. Yo he estado varias veces allí, siempre con resultado de una estancia altísimamente satisfactoria. Otras veces he pasado por el aeropuerto con destino a El Cairo y Sudán. Una vez estás en tránsito pueden pasar ocho horas en la espera del vuelo a Egipto y en uno de estos, por no salir de la ciudad, leí con tranquilidad, una novela que me pareció diferente a todo lo leído hasta entonces “Cuentos de las colinas de la basura“ ambientada en los barrios marginales de las afueras de Estambul, lugar que tiene un olor característico y especial. 
A raíz de leer esa novela, de vuelta en España leí “Basura“ de Sylvia Aguilar Zéleny, por abundar en el mismo tema de la basura. Después leí “El perfume“ de Patrick Süskind, para confrontar el mundo de la basura con el evanescente mundo de los olores, y ya imbuido de sensaciones osé pensar que la basura y los olores que tan bien se hallan imbrincados en los recipientes y los alrededores de los contenedores de Nules, no estén bien acordadas entre las gentes y las autoridades y sean promocionadas como singular bien de interés local y se establezcan rutas y recorridos turísticos y científicos para estudiar las peculiaridades de la alimentación del pueblo y del contenido de las bolsas de residuos con el fin de crear una cooperativa de compras selectivas, aminorando los precios y aumentando las calidades. Que la basura y los detritus pudieran llegar a ser la seña de identidad diferencial del pueblo, solo es cuestión de proponérselo a los vecinos que tan unánimemente defienden los Bous al Carrer y las procesiones de los santos: Xoxim, Joan, Bartomeu y Soledat, y mirándose en ese espejo de multitudinaria muestra de defensa de los valores, honrando a sus patronos, defender así, con ese entusiasmo y característico altruismo y elevar la bandera de la basura de los olores emblemáticos, al más alto mástil en el más alto y noble edificio local, para que los viajeros, desde lejos, supieran el crisol de perfumes que les esperan cuando vengan a vernos. 
 Gracias al atento cuidado del Ayuntamiento en preservar de limpieza los contenedores, podemos vanagloriarnos de no sufrir mareos, ni menos aún, desmayos, delante de los contenedores, lugares donde los no autóctonos vomitarían, nosotros somos capaces de tomar el aperitivo, sin hacer ascos a mojar el pan en la salsas de nuestros platillos. 

 ¡Que usted lo huela bien! 

 *B.M.* 

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