*Al amor del Casino*
Me he sentado en el Casino a descansar y a tomar aliento al amor del aire acondicionado, porque la calle vuelve al camino que lleva andando todo el verano, con sus 33° de cada día a eso de la una del mediodía, yo ojeo el periódico que ya sé que no va a llevar nada que valga la pena, porque se nutre de noticias de agencia contratadas por el obispado y de la derecha más aderechada que son los dueños y señores de la prensa y radio, aunque en definitiva poco caso se les haga.
Me siento en el Casino cerca de un personaje que ha sido músico en la capital y que anda falto de homenajes. Le pregunto si él cree que Beethoven en verdad era sordo, para que él panegírique sobre el tema mientras yo voy a lo mío, pensando en nada o casi…
De pronto, parecido de ninguna parte, llega uno al que no conozco bien, pero del que tengo referencias, llega hablando casi a gritos, en castellano, el músico y yo hablamos en valenciano siempre, pero respetamos al que llega sea de donde sea y venga de donde venga y se le hablan en su lengua, a pesar de que este hombre lleva sesenta años aquí, y lleva pegado al pelo de la dehesa su habla andaluza, exagerada, que no sé bien por qué. El llegado habla mal de todo, de las fiestas, del ruido que hace la juventud con las músicas nocturnas, de los impuestos que paga, de los okupas, de lo mal que lo hacen los que nos mandan, de las leyes, de la poca cantidad de Tombet de Bou, que le pusieron anoche en la cena gratuita y que él, siendo como era para cuatro su comanda, pidió para siete, para no hacer corto. Después, el castellano parlante habla en voz alta, como queriendo poner volumen para proclamar su escasa preparación… Habla del Instituto y de que si siendo retirado aún tiene permiso y arma, habla del himno, de Franco, de lo bien que estaba antes y lo mal que está ahora, de los catalanes que nos hunden con su lengua, de los inmigrantes que nos arruinan, de los okupas, y que solo debería existir una lengua para todos, y que las otras deberían hacerse desaparecer. Yo no he abierto la boca, ni les he mirado, solo me iba preguntando para mí mismo que qué tipo de examen le harían a este hombre para ponerle un uniforme y darle un arma y representar a la ley… La verdad es que resulta muy cuesta arriba que este benemérito pudiera hacer nada congruente y lógico en cualquier caso o circunstancia que se le presentara.
Sin decir, ni mu, digo adiós con un ademán… Me voy y los dejo con su nivel de información sectaria, y voy pensando, para distraerme, en Parrón y los migueletes de la obra literaria “La Buenaventura” de Pedro Antonio de Alarcón, donde el bandolero Parrón se hace pasar por un oficial de los migueletes para ocultar su identidad… Es una obra de 1816 dentro de Novelas cortas. A mi se me antojan Los migueletes a la Guardia Civil.
Prefiero ese cuento, al realismo patético que he vivido con los dos personajes en el Casino.
Se supone que en dos o tres generaciones más, todo aquel y este enmierde que llevan liado en sus entendederas, se olvide. Eso espero… Da un poco de vergüenza… ¿Qué quieres que te diga?
*B.M.*

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