*Vida*


 Nadie se fijó nunca en él, ni en el parvulario, donde vivió en un limbo, sin recuerdos, sin accidentes, sin amigos, sin rencores, sin triunfos, sin trifulcas, ni tan siquiera un rasguño, nada… Un recuerdo vago de la profesora a la que se abrazaban como un koala que se abraza a su madre… Nunca supo por qué lo hacía… Era pequeño entre sus compañeros. Después, el lapso de edad de los cinco a los ocho… Estuvo observando lo que maquinaban y hacían lo que hacían de su parecida edad, y trató de no salir herido de los lances en los que se vio inmerso, sin buscar peleas ni conflictos. Entre los nueve y los catorce, su tamaño era aún menor que el de sus compañeros. 

 Él no se implicaba. Se aburría en clase, porque nadie detectó que pillaba todo a la primera. El profesor estaba demasiado aplicado al logro de formar a todos sus pupilos en el espíritu nacional y en los rezos de mayo, las cruces, las procesiones y otras mandangas con crucifijos y santos de escayola, que nunca le gustaron… 
Paseó junto al brazo incorrupto de Santa Teresa -¡Qué asco!- y vió a misioneros, contando hazañas.  
Misas, rosarios, adoración nocturna, procesiones y películas con dos rombos. Estudios tambaleados. Título. Trabajo. Casamiento, hijos… Nadie le entendía, él era de otra pasta… 
Desacuerdos, distancia y ruptura… Nueva relación… Ilusión por una hija nacida y desavenencia y ruptura y distancia con la hija… Menosprecio y falta de diálogo, ausencia de respeto… 

 ¡Toma…!
 Con todo esto me haces una novela corta, no más de ciento veinte folios, aparente, sin falacias, ni sofismas y con tres finales para que los editores puedan elegir el que mejor les vaya… 

 Y entonces él dijo: ¡Basta! 

Y ahora se dedica escribir lo que le viene en gana, lo lean seis o sesenta y seis… 

 *B.M.*

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